Así me enamoré de Francia

Esta es la historia de un amor que va más allá de las apariencias. Más allá de las deslumbrantes calles haussmannianas de París, de sus lujos y sus frivolidades. Es una conexión profunda con la cultura joie de vivre, aquella que nos invita a disfrutar de lo que nos rodea, los paisajes, la comida, los lugares insólitos, la compañía.

Yo me enamoré de Francia cuando salí de París. Es cierto; es imposible no quedarse prendada de su gastronomía, su patrimonio perfectamente conservado, sus rincones de paz y su manera tranquila de vivir la vida. La primera chispa de esta admiración prendió hace algunos años en una ciudad maravillosa: Burdeos. No solo me encantaron sus calles de edificios en tonos amarillos y dorados -no en vano la llaman la “ciudad rubia”-, su ordenación urbana, con gran parte del centro peatonal, y su vibrante historia, no. Me gustó la tranquilidad que se respiraba a pesar de ser una gran ciudad. ¡Es perfecta para vivir! Capaz de combinar belleza, armonía, calma y alegría en un mismo lugar.

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Rochefort-en-terre. Foto: Dorotea Gale

Pero cuando definitivamente me di cuenta de que estaba enamorada fue visitando la Bretaña. Una de mis regiones favoritas del país, rica en patrimonio, historia, carácter e impresionantes paisajes. Recuerdo perfectamente el instante en el que me dije a mí misma que no podía negarlo más: había caído en su red. Fue mientras paseaba por el centro de Rochefort-en-terre (uno de los pueblos más pintorescos de la región de Morbihan), bajo el cielo estrellado de verano, sin escuchar más ruidos que mi respiración y los sonidos de la noche. Me senté en un banco, disfruté el silencio, miré a mi alrededor y pensé: he viajado atrás en el tiempo. Me asombra la capacidad de las administraciones del país galo para conservar su patrimonio en tan perfectas condiciones no solo de restauración, sino de limpieza y orden. Realmente sientes que has viajado atrás en el tiempo.

Ese fue el comienzo del viaje, cuando ya sabía que estaba enamorada y ese sentimiento no podía sino ir a más en intensidad. Josselin, Brocéliande, Vannes, Carnac, Combourg, Moncontour, Dinan, Fougères, Rennes, todos y cada uno de esos lugares acabaron por conquistarme con sus paisajes, sus castillos y murallas como salidos de una película, sus galettes de trigo negro con productos de la región, la carne a la brasa y sus grandes copas de helado de postre. ¡Ah, la Bretaña!

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Castillo de Trécesson. Foto: Dorotea Gale

Pero hay otro destino que también me enamoró: la casa de Monet en Giverny. Un reducto singular en el que entiendes por qué este artista era capaz de pintar los cuadros que pintó. ¡Un jardín así es realmente inspirador! Rodeado de tanta naturaleza, plasmó perfectamente lo que transmite: los reflejos del sol en el agua, los nenúfares perezosos buscando su calor, la explosión de colores azulados y rosas. En definitiva, la alegría de vivir.

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Jardín de Monet. Foto: Dorotea Gale

Rouen, en la maravillosa región de Normandía, también ha contribuido a agrandar nuestro amor. Una ciudad preciosa por la que muchos parisinos no dan ni un duro (creedme, muchos me han preguntado que 1) por qué iba a la Bretaña de vacaciones, con lo que llovía, y 2) qué se me había perdido en Rouen, que allí no hay nada), pero que tiene una bonita arquitectura llena, como en la Bretaña, de edificios con llamativos entramados de madera, además de, probablemente, la catedral más bonita que haya visto en mi vida (también, por cierto, representada por Monet en sus cuadros con la luz reflejada en su fachada en distintos momentos del día). También cuenta con uno de los primeros relojes públicos que tuvo el país, y que indica, además de la hora, la fase lunar y los días de la semana con un curioso mecanismo.

Y qué decir de los quesos de esta región, OH LÀ LÀ! Mirad que a mí me gustaba el queso aunque tampoco era una locura, pero aquí…¡voy a un queso por semana! En especial el Camembert, pero sin olvidar el Pont L’Évêque, ambos típicos de Normandía, o el Maroilles, de Picardía. Es impresionante la cantidad de variedades distintas de queso que tienen en Francia (dicen que más de 300), y lo ricos que están todos. La cultura del queso y el vino es sin duda material interesante para mi siguiente post 🙂

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Rouen. Foto: Mai Nakayama

Mi próxima parada será Lyon y la región del Loira, pero ya no importa lo que visite porque un nuevo amor ha nacido y no hay quien lo pare. Lo siento, pero todavía no se nos rompió el amor de tanto usarlo 😉

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Dinan. Foto: Dorotea Gale

 

 

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